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Senén Touza Ferrer

El efecto placebo

Senén Touza - 28 de agosto de 2017 Compartir en Facebook Compartir en Twitter    

Según el diccionario de la Real Academia un placebo es ‘una sustancia que, careciendo por si misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción’.  

Es curioso como una decisión, en apariencia poco relevante, puede llegar a tener un gran impacto en el comportamiento de  un sector a poco que dicho colectivo la reciba convencido o aleccionado.

Si nos remitimos al principio de la legislatura recién terminada, año 2011, llamó poco la atención que dejase de figurar el término “Pesca” en la denominación oficial de nuestro Ministerio y que quedó como MINISTERIO DE AGRICULTURA, ALIMENTACION Y MEDIO AMBIENTE. Este cambio provocó, en mi opinión, un claro efecto efecto placebo sobre la patronal pesquera de nuestro país.

La única duda es si los efectos del placebo han sido beneficiosos o meramente tranquilizantes. En los últimos cuatro años la atención de la patronal con respecto a la acción del Ministerio que nos regula ha sido prácticamente inexistente, centrando casi en exclusiva las reclamaciones y reivindicaciones sobre la Comisión Europea y sus mandatarios. Este comportamiento pudiera dar la impresión de que la Administración española no tuviese ya competencia o influencia sobre las decisiones que tomaba la Unión Europea en materia de pesca. O que hubiera que asumir que las decisiones tomadas por nuestra Administración en materia de pesca han sido siempre beneficiosas. O directamente que no se haya tomado decisión alguna, que todo puede ser.

Apuntándome también a esta corriente de tranquilidad y con ello, probablemente, al efecto placebo, quiero dejar atrás críticas y reproches y aprovechar la invitación que me hace Industrias Pesqueras para relatarles una historia que hace años conozco y creo que merece la pena contarles.

Los hechos se desarrollan a mediados del siglo pasado. En aquellos años en la mar no había fronteras y las decisiones políticas no tenían un impacto tan relevante en el desarrollo de la actividad. Entonces las flotas se repartían por los caladeros en función de la situación climática o de las características del buque.

La embarcación protagonista de nuestra historia finalizaba un día de verano de aquella época una marea de 7 días de pesca en la costa portuguesa. La costumbre en esos momentos era que los barcos  entrasen a puerto sobre el mediodía para que la tripulación pudiera comer con su familia, descansase por la tarde y volviese por la noche a descargar el pescado para su posterior venta en la lonja.

Sobre el mediodía nuestro barco enfilaba la Ría de Pontevedra con destino a su puerto base en Marín, cuando su patrón, José González Pazos, divisó a lo lejos las señales que le hacían desde un pequeño yate que parecía estar a la deriva. El patrón cambió inmediatamente de rumbo acercándose a la embarcación desde la que le pidieron ayuda pues tenían una avería en el motor. El bueno de José, como no podía ser de otra manera, procedió a darles un remolque hasta dejarlos atracados en el puerto marinense. Una vez completada la maniobra de amarre, todos los tripulantes del pesquero se fueron a almorzar a sus casas, pero nuestro patrón renunció aquel día al descanso familiar y se quedó acompañando a los tripulantes del velero. Los llevó a comer a un bar del puerto para después localizarles un taller que pudiera reparar la avería y no los dejó solos hasta que el barco de recreo pudo, en correctas condiciones, salir a la mar y retomar su travesía.

Por supuesto los tripulantes del velero agradecieron efusivamente el comportamiento y todas las atenciones que José había tenido para con ellos e intercambiaron datos de contacto e intenciones de poder volver a encontrarse en un futuro. Aquel reencuentro nunca se llegó a producir, pero la historia no termina aquí. Pasado un tiempo en casa de nuestro patrón se recibió un pequeño paquete en cuyo interior se encontraba una acuarela a color que, de manera sutil y muy bella, representaba la dársena del Puerto Pesquero de Marin. Aquella acuarela incluía la siguiente dedicatoria “A D. José Gonzalez Pazos, buen marino y mejor persona” y la firmaba J. Miró.

Texto original publicado en el extra de abril de 2016, IP nº 2108. 

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