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La Pesca de la sardina en las Rías Gallegas

Francisco Fernández del Riego - 15 de enero de 2011 A+ A-
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UN IMPORTANTE COMERCIO

Lo cierto es que, sobre la realidad de una abundante producción sardinera, en las costas gallegas surge un importante comercio y una estimable industria. Ya en el siglo XVI, la venta y reventa de la popular clupea tenía una gran significación: principalmente, en el Barrio pontevedrés de la Moureira, y en la Ribera viguesa del Berbés. Los mareantes y pescadores de otros puertos concurrían a ambos lugares para hacer salga, resalga y arenqueo de sardina: de manera especial, los de los puertos de la Tierra del Salnés, Morrazo, Marín, Coto de San Juan de Poio, etc.

 

Como resultado del volumen de los lances, se extienden por diversas zonas del litoral de Galicia numerosas fábricas de salazón. Y en ellas se practican los sistemas de preparación de la pesca, para su envío a los pueblos del interior, colocándola prensadas en panderetes. Los modos más corrientes de preparar la sardina en los almacenes, eran: salpresada, lañada, escabechada, revenida, encentrada, preparada en moira y ó fumé. El producto no se consume en las zonas productoras y localidades limítrofes solamente, sino que se envía a pueblos alejados, y aún a tierras portuguesas. Las carreteras, los caminos principales y secundarios son transitados noche y día, por carromatos, galeras, carricoches, recuas de mulas, caballos y asnos, que conducen cargamentos del famoso artículo marino.

 

Para mantener la vigencia de tan interesante comercio, la geografía de las rías se halla poblada de millares de barcos del xeito, jábegas, boliches, chinchorros y trabuquetes, que traen a puerto copiosas cantidades del plateado pez. Y al propio tiempo para absorber el excedente del consumo en fresco, centenares de almacenes o fábricas de salazón cubren los puntos estratégicos del litoral.

 

Hay un momento, sobre todo, en que esta actividad cobra un singular incremento. Es después de mediado el siglo XVIII. Por entonces, los catalanes y valencianos –“los holandeses del mediodía”, como dice Cornide- se establecen en Vigo, Aldán, Bueu, Beluso, Pontevedra, y otras localidades, e introducen aquí las jábegas. La innovación tropieza con la enemiga de los nativos, que sostuvieron con los forasteros largos y enconados pleitos. Sin embargo, luego de más de medio siglo de lucha, el nuevo arte quedó definitivamente establecido.

 

A finales del siglo XIX entra en acción en nuestras costas, el cerco de jarreta. La pesca sardinera practicada con este cerco, supone un innegable avance. Con la sustitución de las antiguas traineras de remos por las embarcaciones a vapor, coincide el nacimiento de la industria conservera, que tan importante arraigo económico había de tener entre nosotros.

 

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