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Se impone un severo examen de conciencia

Julio Ochoa - 9 de julio de 2010 A+ A-
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En la edición extraordinaria de abril de 1950, Julio Ochoa publicaba bajo el epígrafe “Reflexiones Amistosas” un artículo fundamental para hacer frente a las adversidades: la unión del sector pesquero. Un aspecto por el que han apostado todas y cada una de las administraciones así como los responsables de las diversas asociaciones pesqueras y que ha sido una de las grandes asignaturas pendientes.

Julio Ochoa

El hecho es tan cierto como innegable y la gravedad no está precisamente en la dispersión que vamos a analizar, sino en los ingentes perjuicios tanto morales como materiales, que la misma ocasiona a todos y cada uno de los que la cultivan por incomprensión, egoísmo o simplemente con su indiferencia.

Producir y vender
Parece que el dinamismo de la industria pesquera tiene que quedar circunscrito a dos únicos postulados que son: Pescar mucho y vender bien. Y no es así, porque a estos dos postulados que ciertamente son básicos hay que engranar indefectiblemente otros que aunque de apariencia más secundaria tienen, sin embargo, un valor ya constante como positivo en orden al desenvolvimiento y beneficio naturales del negocio, especialmente en esta época de sombríos horizontes que están padeciendo las actividades del mar.

“Pescar mucho no es pescar bien”, o sea con arreglo a una sensata ética industrial que como elemental principio exige revalorizar la producción con la mayor economía posible en los gastos de explotación.


“Pescar mucho no es pescar bien”, o sea con arreglo a una sensata ética industrial que como elemental principio exige revalorizar la producción con la mayor economía posible en los gastos de explotación. Por la misma lógica que el “vender bien” no está tampoco solamente en el precio que en el puerto o mercado mayorista alcance el pescado, sino también en las garantías económicas de la operación y en las perniciosas derivaciones de tipo especulativo que se produzcan después; derivaciones que contribuyen extraordinariamente a la creación de ambientes arriscados contra la industria y el comercio de la pesca, so cuales escalan pronto las alturas, crean la confusión y acaba por traducirse en decisiones legislativas de carácter restrictivo o punitivo que rara vez perjudican a los que se lucran inmoderadamente de riesgos, pero lesionan siempre en sus intereses al armador que, en definitiva es el que menos culpa tiene, ya que su pescado está solamente en la inacción defensiva.

Obstinarse en el afán de vivir poco menos que desintegrados no dedicando verdadera atención más que a su particular negocio, resultará desde luego, muy cómodo en orden a las preocupaciones cotidianas pero afecta en alto grado a los intereses económicos de quieres así se conducen, aunque ellos crean lo contrario.

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