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Cómo organizar en Galicia la fabricación de subproductos

Theodor E. A. Classen - 2 de julio de 2010 A+ A-
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Los desperdicios frescos, inadmisibles como abono
No cabe duda que los precios de los desperdicios de sardinas en 1939 (aprox. 100 ptas. la tonelada) resultan exagerados, pues se basan sobre una estimación enorme de los labradores de la costa, que los asan como abono. No hay duda que el valor real es muy inferior. Pagando los desperdicios a precio tan alto, el labrador recibe un 75 % de agua y un porcentaje considerable de sal y aceite, este último francamente perjudicial para el campo. El aceite no se descompone ni se absorbe, y siendo aceite secante, tapa los poros del suelo y dificulta la oxidación de los otros elementos y la aireación del terreno. Las plantas no pueden aprovecharse de las materias orgánicas o minerales antes que estas sean reducidas por el oxígeno y la acción de las bacterias a combinaciones químicas sencillísimas, como fosfatos, sulfatos o nitratos, con pérdida considerable de materia orgánica en forma de gases (amoniaco, ácido carbónico, etc.) La sal también perjudica a las plantas. Si se hiciese el balance, resultaría que el labrador paga por lo menos 90-100 céntimos por un kilo de abono animal combinado de poca solubilidad, lo que el podía comprar más barato directamente, sin hacer un perjuicio a su propio campo y a la economía nacional, malgastando una materia prima que podía ser transformada en piensos y aceites.

El uso de desperdicios frescos de pescado como abono, debe ser prohibido, y sustituido por el de un abono mineral, mezclado con una materia orgánica barata, como por ejemplo, algas marinas, para que la totalidad de aquellos pueda ser aprovechada en la preparación de productos de mayor valor, en interés de la economía nacional.
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